Alberto Laiseca PDF Imprimir E-mail
Escrito por Beatriz Ramirez   
Martes, 24 de Mayo de 2011 13:45

 

Fuente: Narrativa argentina / Lukin, Liliana, comp, / 11 a ed. -Buenos Aires- Fundación Roberto Noble, 1999 - (títulos varios). ISBN 950-9897-30-2 Documento del Undécimo Encuentro de Escritores Roberto Noble, 1998.

Personajes masculinos:

Cuando un autor no diseña bien  a las mujeres siempre hay una falla en el diseño de los hombres. Parece que a un escritor le resulta más fácil fabricar un personaje de su propio sexo que del opuesto. Acceder al otro, al complementario existencial y ontológico, es la parte más ardua del viaje y del crecimiento. En este sentido los artistas no se diferencian de los que no lo son. Misóginos masculinos y femeninos abundan en el mundo. "Los hombres son unos egoístas canallas. Sólo piensan en ellos mismos. No te miran en tus necesidades de mujer. No tienen idea de qué es el cuidado" O por el contrario: "Todas las mujeres son iguales. Nunca están conformes. Sólo les interesa la plata. Reclaman mirada pero ellas no te miran ni te valoran". Todo esto, que campea en la vida de relación, se refleja en la literatura. Decía Pavese: "Las mujeres son una raza enemiga. Como el pueblo alemán" No dudo que debe existir una frase equivalente, escrita por una mujer, contra los hombres: "Detrás de todo gran hombre hay una gran víctima". etcétera. O algo parecido.

Ahora bien, hablando como persona y como literato, creo que no hay aventura más grande y difícil que llegar al otro y comprenderlo. No sé si siempre fue así. Pero desde hace siglos esta empresa es como atravesar Gobi sin camello.

Para un escritor no ser capaz de crear un personaje femenino (o para una escritora uno masculino) significa empobrecer también, de una u otra manera, a los personajes del propio sexo. Soy el primero en reconocer y amar el genio de Edgar Allan Poe, pero el hecho de que no haya podido diseñar un solo personaje femenino (Ligeia es, en verdad, un hombre) disminuye sus posibilidades de expresión ficcional masculina. Rederick Usher tiene buena factura pero es maniático, loco y enfermo. Aclaro que me encantan los persanejes excéntricos (Usher en particular). El drama recién comienza cuando yo, como escritor, sólo puedo hacer, creíbles, a esa clase de criaturas. Sli el Rufián Melancólico de Los siete locos, con su misoginia absoluta, nos obliga a reconocerlo como ser real es porque Elsa, la mujer de Erdosain, no existe. Ella disminuye y el otro (el que vive de las mujeres) aumenta. Su clase de realidad es, en Arlt, a costa del otro personaje.

Si la cosmovisión del autor es distinta, más completa y cercana a su contraparte, superará la etapa de construir sólo genotipos perfectos (generalmente de su propio sexo).

Los personajes masculinos de Arlt monologan bien pero dialogan mal. Casi siempre. Y esto se debe a que antes que nada cumplen una función: tienen que hacer y decir cosas para expresar la cosmovisión del autor. La energía creadora de este artista está puesta fundamentalmente aquí.

Pese a todo sus locos conversan bien entre ellos. Pero no con los cuerdos, claro está. Allí fallan como personajes masculinos. Erdosain no puede hablar con Elsa, cuando ésta lo deja. Ella, como mujer, está mal diseñada. A su ex marido le brinda respuestas fantásticas en el momento de abandornarlo. y si lo señalo es porque no es posible analizar al personaje masculino (Erdosain, en este caso) sin mirar a su contraparte femenina. Mucho más real es el diálogo entre Erdosain y el farmacéutico Ergueta, el loco de la Biblia. Pero ello ocurre porque Ergueta es demente: las bases de un entendimiento de ficción están dadas.

En realidad es tan difícil crear personajes masculinos como femeninos, sólo que en el primer caso la estructura irreal se disimula mediante la locura o el delirio, el tic o las manías. Por alguna extraña razón los escritores piensan que sólo los hombres pueden tener tales desfasajes: las mujeres no. En verdad podrían crearse personajes femeninos con tan poca realidad (pero convincentes como éstos).

Soriano es un especialista en perdidos en la noche. Sus personajes, masculinos o femeninos, siempre tienen un toque de absurdo y delirio. Como en la vida. Por eso puede confundírselo con un autor realista. Ciertamente los diálogos de sus criaturas no son "reales" buena parte de las veces, pero ello no les quita existencia Son seres que existen. Que sus personajes vivan es lo único que puede exigírsele a un autor. Después, la manera de hacerlo, es suya. Responderán a un orden interno, como en el caso de Soriano. Allí hay arte.

"Me volví y descubrí un tipo que arrastraba una valija enorme mientras juntaba algo entre los yuyos. Llevaba una manguera enrollada a la cintura, un prendedor con la cara de Perón y a medida que se acercaba cargaba el aire con un olor de perfume ordinario. Todo él era un error y allí, en el descampado, se notaba enseguida" (Una sombra ya pronto serás). En este libro (más que en otras obras suyas) la tragedia de los personajes muestra la caída y la disolución de la Patria. El diseño tiene realidad y delirio. Hasta los militares del final (dos viejos locos a quienes la langosta les comió la bandera) están tratados con comprensión y ternura.

Borges no se preocupa demasiado por el diseño de sus personajes masculinos (y aún menos por los femeninos). A su talento uno lo busca y lo encuentra en la invención, en la trama y en la máquina literaria. El acercamiento a Almatásim (él, con modestia, no lo llama cuento sino "nota") es una de mis narraciones favoritas, Casi todo se encuentra aquí en estado virtual. Un erudito comenta la novela que jamás ha sido escrita. Una pena. Borges debió escribirla. Ya la insinúa la misma narración: de existir no podría funcionar sin personajes cabalmente diseñados y completos. En el cuento sólo vemos desde lejos a unos rufianes y malvados maravillosos (tanto o más interesantes que los héroes sabios y buenos).

Hombre de la esquina rosada es mejor en cuanto a lo que tratamos. Apenas unos toques le bastan al escritor para diseñarlo a Francisco Real. Sabemos poco de la Lujanera, en cambio: sólo que le gusta el coraje en el hombre. Pero esto no basta para estructurar a una mujer. El que mata a Real y cuenta la historia también es creíble.

Muchas veces con grandes obras, de autores mayúsculos que son de nuestra predilección ocurre que uno no utiliza su espíritu crítico en los detalles. Amamos a una obra en bloque y si el diseño de tal o cual personaje podría ser más perfecto lo pasamos por alto. ¿Por qué no? Tomamos de un artista lo que éste quiso o pudo darnos. Un excesiva severidad de nuestra parte se nos volvería en contra: disminuiría nuestro placer.

En El beso de la mujer araña Puig hace dos diseños masculinos perfectos. Sobre todo el del homosexual, que a mi entender está mejor logrado que el otro. Pero el revolucionario no es despreciable como personaje. La tarea de seducción es creíble, muy lógica, y si lo señalo es porque hace al diseño del personaje seducido: estructurado, falsamente blindado, resquebrajable. La seducción -la reacción de la criatura ficcional-, se vuelve inevitable en el estado límite planteado.

Los personajes masculinos de Marechal son teatrales. El lenguaje es por momentos ampuloso, de artificio. Pero si creemos en la existencia de Erdosain o del farmacéutico Ergueta, no veo por qué vamos a sentir menos reales a Samuel Tesler, a Adán Buenosayres o al mismísimo metalúrgico (fundidor, asesino y antológicamente pretencioso) Severo Arcángelo. Los personajes de Marechal tienen vida. Están allí para algo más que expresar la metafísica del autor. Sus campos gravitatorios son lo bastante poderosos como para curvar nuestro espacio-tiempo y obligarnos así a reconocerlos. En el descenso a Cacodelphia Marechal fabrica una criatura de tipo completamente fantástica: un enorme cocinero cíclope que dirige la cocción de las viandas infernales. Sólo dice: "¡Trincha! ¡Súbito! ¡Presto! ¡Avanti! ¡A tavela!" (y muy poco más). Sin embargo toda la descripción previa de las gigantescas hornallas, los pollos, chanchos, codornices, liebres y centollas que se doran lentamente hace que el monstruo sea creíble.

Esto significa que los personajes masculinos existen en la literatura argentina, pero no hay ley para crearlos. Realismo delirante, novela teatral, exotismo, todos son procedimientos válidos. Talento y respeto por el mundo, el mirar a otro, son suficientes para crear personajes inolvidables.


 


Alberto Laiseca: Nació en Rosario, prov. de Santa Fé, en 1941.


Publicó:

"Su turno para morir", Ed. Corregidor, 1976, novela

"Aventuras de un novelista atonal", Ed. Sudamericana, 1982, novela, "Matando enanos a garrotazos", Ed. de Belgrano, 1982, novela

"Poemas Chinos", Ed, Ultimo Reino, 1987, poemas

"La hija de Keops", Ed. Emecé, 1989, novela

"La mujer  en la Muralla", novela, Ed. Planeta, 1990

"Por favor, plágieme!", ensayo, Beatriz Viterbo Editora, 1991

"El jardín de las máquinas parlantes", novela, Ed. Planeta, 1993

"Los Sorias", novela, Ed. Simurg, 1998. Obtuvo la Beca Guggenheim y ha publicado cuentos en diarios y revistas y fue periodista en los diarios Tiempo Argentino, La Razón, Sur y La Capital, de Rosario.

Contacto:

Guarida oficial de Alberto Laiseca: www.albertolaiseca.blogspot.com

 

 

Última actualización el Martes, 14 de Junio de 2011 14:49
 

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